
Hay una cosa espectacular de estar sin trabajo, en especial si tienes la fortuna de tener amigos de diversos lados, profesiones, edad e intereses: te invitan a almorzar o a comer y no dejan que uno pague, asunto que agradezco profundamente. La vida debiera ser así permanentemente.
El problema es cuando casi todos son buenos para tomar, como uno. Entonces los almuerzos largos con vino tinto se transforman en un lujo asiático, pero cuando se repiten cada día y medio empiezas a agotarte de tanta salida y tanto vino. Además uno es de los que nunca dice que no.
Podríamos decir que la culpa la tiene Baco, ese Dios desordenado y bueno para el carrete que se sienta en un tu mesa en especial cuando te juntas con excelente conversadores. Pero no seamos caraduras: a este señor, después de un mes de vagar y estar invitado a cuanta cosa se le le ocurre al resto -sumando las que se le ocurren a uno- dan ganas de ser más católico para adorarlo y encontrarse con él una vez a la semana y no cuatro días de ella.
La semana que viene lanzamos la película del rumpi y ya me está dando miedo de tanta jarana que será como un tsunami de vino. Porque claro, tomo sólo vino y nada más que vino, pero cuando el vino se fue hay otro que vino de inmediato. Entonces empieza un ejercicio de voluntad que es casi un triatlón habiendo lanzamiento de película de por medio. El mundo del cine no le tiene miedo ni a la caña ni a la muerte. Asunto que valoro mucho hasta que despierto al día siguiente. Es que lo único malo de los excesos es que provocan abstinencia. Y además tengo un problema con ese líquido sensual y olímpico: mis labios se ponen negros con la primera copa, problemas que no tienen esos descarados que toman destilados, y que dicho sea de paso, tienen la frescura de decirte "la boquita, eh" cuando ya se han tomado como siete vodka con redbull, ajetreo que es por lejos más satánico.
Desde ya acepto invitaciones de cualquier tipo a cualquier parte, pero se empiezan a agradecer aquellas que le llevan té, café, aguitas varias, leche con plátano y pan con palta. Pero hass por favor, miren que uno puede estar de vagoneta cosa que no implica perder la dignidad. Claro, puedo dejar el vino pero la palta hass ni cagando.
Hablaremos cosas más fomes, es cierto, no nos pondremos tan ocurrentes. Pero seremos felices mirando como el sol cae sobre los árboles en primavera y no tendremos que pedir disculpas al otro día, por mucho que tengas la suerte de despertarte a las 11.
Buenas tardes.